POR HÉCTOR GATICA
Hay partidos que se juegan 90 minutos… y hay Clásicos que se juegan con orgullo, carácter y memoria. América y Chivas protagonizaron un auténtico partidazo que terminó 2-2, pero que durante buena parte de la noche parecía tener dueño rojiblanco.
Chivas hizo un primer tiempo prácticamente perfecto. Presionó, encontró espacios y golpeó en los momentos precisos. Bryan González abrió el marcador y Ricardo Marín puso el 2-0 antes del descanso. El Rebaño tenía al América contra las cuerdas y parecía encaminado a una victoria contundente.
Pero aquí apareció la palabra que muchas veces separa a los buenos equipos de los equipos con carácter: REACCIÓN.
América tardó, sí. Demasiado. Pero despertó.
Y entonces apareció Miguel Borja.
Al minuto 71, el colombiano convirtió una pelota que parecía destinada a perderse en una auténtica obra de arte: chilena, potencia, precisión y gol. Una anotación espectacular que bien puede entrar desde ya en la conversación por el gol del torneo.
Tres minutos después llegó el segundo golpe. Henry Martín participó en la jugada y Borja volvió a aparecer para firmar el 2-2.
Chivas pasó de tener el partido controlado a defenderse con el agua al cuello. América olió sangre y terminó mucho más cerca de la remontada que de aceptar el empate.
EL APUNTE MATÓN
Aquí no hay que disfrazar la realidad: Chivas tenía al América en la lona y decidió no rematarlo. Ganaba 2-0, tenía el control emocional y futbolístico del partido y enfrente tenía a unas Águilas que parecían dormidas. Pero en lugar de ponerle el último clavo al ataúd, el Rebaño se dedicó a administrar una ventaja que, en un Clásico, vale lo mismo que un billete de tres pesos si no sabes defenderla.
Y América, lento, desordenado y por momentos irreconocible, encontró lo que distingue a los equipos que tienen jerarquía: carácter para levantarse cuando todo parece perdido.
Porque una cosa es jugar bien y otra muy distinta es saber competir cuando te están dando una paliza futbolística.
Y entonces apareció Borja.
La chilena no fue solamente un golazo; fue un cachetadón futbolístico. Una de esas jugadas que cambian el estado de ánimo de un equipo y que hacen que el rival empiece a preguntarse: “¿Qué demonios pasó aquí?”.
Tres minutos después, el 2-2.
¡De 0-2 a 2-2 en cuestión de minutos!
Chivas no empató este partido porque América haya sido invencible; Chivas empató porque no supo matar al rival cuando lo tenía agonizando. Y en un Clásico, perdonar al América es como darle oxígeno a un boxeador que ya estaba contra las cuerdas: tarde o temprano te puede soltar el golpe que te cambia la pelea.
América tampoco debe salir a presumir demasiado. Rescatar el empate tiene mérito, pero permitir dos goles en casa y necesitar una reacción de emergencia tampoco es precisamente una exhibición de grandeza.
Eso sí: cuando las Águilas despertaron, Chivas tembló.
Y Borja dejó una pregunta sobre la mesa:
¿Estamos ante el gol del torneo?
Por espectacularidad, dificultad y contexto, la chilena ya merece estar en esa conversación.
Porque esto es el Clásico Nacional, señores: aquí puedes dominar 70 minutos, pero si te desconectas cinco, el rival te puede convertir la noche soñada en una pesadilla.
Y QUE QUEDE CLARO: ¡EN EL FUTBOL NO SE PERDONA AL RIVAL CUANDO ESTÁ HERIDO… SE LE LIQUIDA!









